Tuve la suerte de ver anticipadamente la segunda película de Pablo Larraín. Lo cierto es que, después de ver su excepcional pasada por Cannes que tenía ganas de verla. Comentarios iban y venían, que era tremenda, dura, sin piedad ni concesiones, que nadie sale sin sentirse choqueado. Y después de verla confieso que pese a todas las expectativas que cargaba, salí con más que todo lo dicho. Mucho más. Demasiado, para ser exacto.
Lamentablemente para nosotros, Tony Manero -o mejor dicho, Raúl Peralta- encarna lo que somos a diario. Esa voz que nos dice que fracasamos, que perdimos como en la guerra, que no tenemos vuelta y que peor aún, lo que hemos perseguido no tiene ningún sentido aunque algunos lleguen hasta a matar por intentar salvarse. Menos mal que a la misma vez tenemos otra voz que nos alienta, que nos enaltece, que nos hace mejores. Pero esta vez no está presente en la película. Aquí debemos mirar la zona oscura. De lo que huimos todo el rato.
Aquí no hay redención alguna. Ninguna oportunidad de salvación ni ternura jolivud style. La luz al final del túnel tiene la ampolleta quemada. Sucede en tiempos de dictadura pero pareciera que seguimos en una peor, la del rás-ca-te-con-tus-pro-pias-u-ñas o la del sál-va-te so-li-to. Se sitúa ayer, pero podría ser hoy. Y claro, un mundo donde los que tienen el estigma de sus propias precariedades o peor aún, de sus miserias en carne viva, la mala suerte, el vacío extremo y el fracaso a cuestas, caen por el despeñadero sin tener de dónde agarrarse, quizás sólo de un sueño pueril, vacuo, huevón. Por lograr un poco, unas migas de éxito, somos capaces de cagarnos al otro. Literalmente. Y a veces más que eso. Si eso no es desolador, no sé qué lo es. Reconocí a tanta gente penca con la que me he cruzado y también me dio escalofríos saberme igual de penca a ratos.
Soy un simple espectador, cinéfilo y uno bien penca (siempre se me pasan películas y tiendo a repetirme muchas de obsesivo, al igual que con los discos), y no pretendo hacer una crítica o algo parecido. Para eso, los críticos. No hablaré de la dirección ni de las actuaciones ni del guión ni de la música ni de la dirección de arte ni del montaje. Sólo decir que desaparecen los actores y aparecen los personajes, los que son están ahí; el equipo de la película se hace humo y entras de hocico en un universo desolado que es parte de un pasado que algunos se esmeran en seguir celebrando forever and ever. Raro, por decirlo de una manera elegante.
Invito a verla. Es imperdible. Es una patada al higado, pero sospecho que hace bien. Digamos que es un antibiótico. te caga la guata, te da nauseas, pero te mejora. Mata a tus propios bichos. Si es que quieres mejorarte. Y ser mejor persona. Si es que aún puedes.
Una última acotación. Parece muy chilena pero tengo la terrorífica sospecha de que es tremendamente universal. Como dijo mi amigo Zebra: "contamos desde acá para exportar algo que intuímos también hay allá". Entonces, es un encuentro cercano con el alien que llevamos dentro todos los seres humanos. Aunque nos hagamos los lindos.
Hay dos funciones en el Sanfic. Valor y vayan.
Agradecimientos especiales a Tomás Dittborn. ¡Buenas fotos, Tomás!¡Y buena sopa de zapallo!

pienso luego existo. que importante es poder leer, el tiempo de tu reflexion. Que importante es darse el tiempo para la reflexion. gracias.