Relatos sobre París desde Sexto Continente

Te conocí en París, una tarde de lluvia, Víctor Bórquez Núñez, (Antofagasta, Chile), http://www.metroflog.com/victormborquez
Le dije:
-Nunca he estado en París, pero lo conozco mejor que muchos.
Me mira, con su cara tan de parisina, con sus cabellos rubios cayendo lisos hasta más debajo de sus hombros y con su rostro de una palidez que hace suponer antiguas dolencias, contraataca:
-Eso es imposible. ¿Cómo podrías conocer mi ciudad sin haber estado en ella?
La miro. Me encantan sus erres arrastradas, tratando de practicar a la perfección un español aprendido en alguna cátedra universitaria, perfeccionado de seguro con innumerables viajes por las costas españolas.
- Porque lo soñé. Lo digo y ella abre sus ojos de un azul tan intenso que me reflejo en sus pupilas.
- No comprendo, quiero decir, ¿de qué manera…?
Sonrío, disfrutando el efecto de mis palabras y me acerco a ella y la abrazo. Entre nosotros solamente ha existido amistad, sincera, plena, casi de hermanos, desde cuando ella llegó a mi ciudad buscando un no sé qué de material fotográfico para su tesis.
- He caminado por la ribera del Sena, junto a Roman Polanski. He disfrutado el panorama de la Torre Eiffel, sintiendo el clamor de la multitud y el Bolero de Ravel en el ambiente gracias a Claude Lelouch. Estuve en miles de callejuelas perdidas y alejadas del centro, porque con Sautet tenía una complicidad antigua y desde luego anduve por los paisajes que Truffaut quiso revelarme en cada uno de sus filmes… ¿no crees suficiente mi conocimiento de París?
- Estás loco –me dice- estás loco.
-Pero de verdad que en todos esos viajes parte de la Ciudad Luz se fue quedando en mi piel, ¿sabes? Incluso podría citarte decenas de cafés, bares, tiendas y pasajes en donde mi conocimiento de París quedó anclado en cada poro de mi piel. ¿No te parece suficiente?
- Pero creo que no es suficiente…
-Entonces no tengo nada más que decir, sólo hasta pronto, pero me basta con haber recorrido esa ciudad miles de veces para saber con plena certeza que la conozco, la sueño, la evoco, con la pasión de un amante.
- Definitivamente está loco, fou…
- Además, déjame decirte algo más.
- Dime.
- En una tarde de lluvia, cerca de la librería donde se reunieron de nuevo los personajes de Richard Linklater te conocí a ti. Te vi tal cual vestías el día que llegaste a buscar mi ayuda, años después, con tu falda floreada, una blusa de finos estampados y una chaqueta azul sobre la cual se escurrían las gotas de la lluvia. Fue en ese preciso instante en que supe que pasaría mucho tiempo hasta que nos conociéramos y yo te dijera con la seguridad con que te lo repito: yo nunca he estado en París, pero lo conozco mejor que muchos. ¿Te parecen suficientes mis argumentos?
Me quedas mirando largamente, demasiado tiempo para mi gusto y de pronto reaccionas, me tomas la mano, entrelazas tus dedos con los míos, te apoyas un instante en mi hombro, miras un punto en el infinito y me dices en francés primero y después me traduces en un español imperfecto pero comprensible:
-Es verdad, amigo mío, es verdad. Tú conoces París mejor que yo misma. Ahora lo conocerás conmigo en este verano que comienza recién para nosotros.
Nos miramos. Hay un dejo de complicidad en sus palabras.
La Piaf resuena en el ambiente:
Non, rien de rien, non, je ne regrette rien
ni le bien qu`on m`a fait, ni le mal
tout ca m`est bien egal
non, rien de rien, non, je ne regrette rien
c`est paye, balaye, oublie, je me fous du passe
Avec mes souvenirs j`ai allume le feu
mes shagrins, mes plaisirs,
je n`ai plus besoin d`eux
balaye les amours avec leurs tremolos
balaye pour toujours
je reparas a zero
Non, rien de rien, non, je ne regrette rien
ni le bien qu`on m`a fait, ni le mal
tout ca m`est bien egal
non, rien de rien, non, je ne regrette rien
car ma vie, car me joies
aujourd`hui ca commence avec toi
_________________
Las maletas estaban casi listas para el viaje. Las vacaciones serían en Cartagena de Indias, ciudad de la que les habían hablado maravillas. Carlos y Sara terminaban los preparativos en París. Un amigo les había aconsejado llevar dólares o euros en efectivo para obtener una mejor tasa de cambio. «¿Sacaste el dinero del banco?», preguntó por teléfono Carlos. «Sí, pero me da miedo andar con tanta plata. Cuando salía de la estación de metro Gambetta le robaron la cartera a una señora que iba dos metros delante de mí. ¡Qué susto! Me temblaban las piernas sabiendo que yo tenía la mía llena de euros en efectivo. Me contaron que hace poco asaltaron de noche a una colega enfermera que salía para su casa no muy lejos de la alcaldía del distrito XX. Ven por mí esta noche, por favor. Salgo a las diez», contestó Sara.
Carlos pasó en la tarde a la agencia de viajes a recoger los pasajes y las reservaciones de hoteles y visitas turísticas. Saldrían al día siguiente a las once de la mañana haciendo una escala en Madrid y otra en Bogotá en un vuelo ida y vuelta que les había costado menos de 1200 euros por persona.
Regresó a su oficina de seguros para terminar unos contratos y escribir algunas cartas mientras llegaba la hora de ir a buscar a su mujer. Su asociado se iba a ocupar de la agencia durante su ausencia. Afortunadamente el mes de noviembre era generalmente tranquilo.
Sara salió a la hora prevista del Hospital Tenon donde trabajaba como instrumentista. Carlos la esperaba afuera fumando un cigarrillo para calentarse los pulmones en esa noche fría. Se dieron un beso. Ella lo tomó del brazo y del mismo lado apretó debajo del sobaco el paquete de dinero. «¿Dónde dejaste el carro?, Carlitos», preguntó. «No había lugar en esta calle y me tocó dejarlo en la Rue des Gatines cerca de la policía», contestó.
No le gustó tener que caminar ese trecho de noche hasta el carro a pesar de que estuviera acompañada por su hombre corpulento. «Ahora sí te puedo contar en detalle lo que le pasó a Geneviève. Salió del turno de noche hace como una semana. Tomó por esta misma calle a pasos rápidos hacia la estación del metro. No había nadie fuera de una señora que paseaba su caniche. Como puedes ver, las calles no están bien iluminadas. Vio a una pareja que se dirigía hacia ella. No les puso cuidado cuando se cruzaron, pero al cabo de unos metros se dio cuenta de que habían dado media vuelta y ahora caminaban detrás de ella. Geneviève sintió su presencia y cambió de acera. Ellos también. Empezó a caminar más rápido. Ellos también. Empezó a trotar. Ellos igual. Se acordó de la estación de policía y corrió hacia la Rue des Gatines. Ellos corrieron más rápido y la alcanzaron antes de que llegara al cruce con la Rue des Pyrénées, la acorralaron y arrinconaron contra un muro, rápidamente le arrancaron la cartera, le dieron una bofetada, la amenazaron de hacerle daño si los seguía y se escaparon corriendo por la misma calle en dirección del hospital. Geneviève no pudo ni siquiera gritar. Llegó a la policía y denunció el robo. Le contaron que no era la primera persona que venía a verlos por el mismo motivo en esos días. Que iban a terminar atrapando a esos bribones», explicó Sara mientras llegaban a la Avenue Gambetta y tomaban la Rue des Gatines.
Fue en ese momento que sintieron unos pasos que los seguían y que se dieron cuenta de que no se habían cruzado con nadie desde el hospital. «¡Qué barrio tan extraño!», comentó Carlos. Sara miró hacia atrás y vio a dos personas que venían detrás pero una por cada acera como si estuvieran de acuerdo. Eran grandes y fornidos. «Caminemos más despacio y dejémoslos que pasen delante de nosotros», propuso Sara. Sin estar muy convencido pero con tal de tranquilizar a su mujer, Carlos empezó a caminar despacio. El hombre que venía detrás disminuyó también el paso. Carlos y Sara se detuvieron junto a un árbol a esperar a que el hombre se decidiera a continuar. Así lo hizo. Descansaron al verlo continuar delante de ellos y volvieron a caminar tranquilos convencidos de que era una falsa alarma. El ruido de los pasos de los cuatro peatones resonaba en la noche con un ritmo rápido, como si fueran a perder el último metro y tuvieran que apresurarse. Estaban a pocos pasos de la puerta de entrada de la estación de policía, cuando Sara se detuvo en seco. «¡Hombre! Con tanta prisa y nervios se me olvidó la cartera en mi oficina. Tenemos que devolvernos», dijo Sara. «¡Tú y tu cabeza! Como si tuviéramos tiempo qué perder», contestó Carlos de mal genio. Dieron media vuelta hacia el hospital dejando a sus dos acompañantes fortuitos seguir su camino por la calle desierta.
No se dieron cuenta de que el hombre que iba apresurado por la misma acera entró a la estación de policía y a los pocos segundos salió acompañado de dos agentes en uniforme en búsqueda de Carlos y Sara. A la altura de la Avenue Gambetta los interceptaron y los llevaron a la estación de policía. El hombre de civil resultó ser un policía que investigaba el caso de los robos y que al ver el comportamiento sospechoso de la pareja quería verificar si no eran ellos los asaltantes que tenían el barrio en jaque.
Sara no tenía su cartera ni papeles de identificación. Por descuido Carlos había dejado en el trabajo su cartera junto con los pasajes y reservaciones. El paquete de euros les pareció demasiado sospechoso en esas circunstancias a los policías. Las horas que iban a seguir durante el interrogatorio de la pareja, que por tener acento extranjero y caras nada típicamente francesas, iban a ser largas y difíciles. Si la mala pata continuaba, perderían el vuelo y el comienzo de sus vacaciones.
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Lavirotte al azar, Teresa Iturriaga Osa (España) http://www.publicatuslibros.com/autor/info/teresa-iturriaga-osa/
Es el misterio de Tiau... la supresión de las manchas, la entrada en el Valle misterioso cuya entrada se desconoce; esto da el verdor al corazón del difunto, prolonga su marcha, le hace avanzar y le hace forzar la entrada del Valle para penetrar en él con el dios... Los dioses se le acercarán y le tocarán, pues será como uno de ellos.
Libro de los Muertos, cap. CXLVIII, 5
De regreso a la historia bajé precipitadamente las escaleras del Odéon enredada en el laberinto. En uno de los giros de caracol, levanté la vista hacia el techo del antiguo Teatro de la Emperatriz y observé la fabulosa pirámide egipcia. El punto de fuerza desde dónde se organizaba el ritmo del universo me absorbió, los electrones ondulantes salieron de mi cuerpo y ascendí a otro nivel; y, en ese mismo momento, al cambiar de escalón, me topé con él, con Jules-Aimé Lavirotte.

Sucedió el año pasado. ¿Sería él? Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y no esperaba encontrar tantos cambios en su rostro, en sus formas... pero los hubo. También en el traje. Esta vez era sintético, azul metálico. Siglo XXI puro y duro. Él, por su parte, al mirarme -estoy casi segura- desde sus cuatro puntos cardinales, no me reconoció. Probablemente, mi apariencia era distinta… Con un traje de chaqueta color gris perla y mi corte de pelo a lo garçon, yo pasaba desapercibida de la mirada profana, mi nuevo estilo encajaba muy bien con los “progres” de la sociedad parisina. ¿Quién podría atribuirme rasgos de condesa hoy por hoy en el gran Teatro de Europa? Me dirigí hacia él, estaba apoyado en la barandilla con su gesto inconfundible, como esperando a alguien… Iba a presentarme, a decirle quién era, revelarle mi verdadera identidad y mi misión en esta época, pero justo llegó el momento del descanso y la multitud salió desenfrenada antes de que yo pudiera pronunciar una sola palabra. Entonces, lo perdí y un silencio gélido me recorrió el espíritu, cansado de vagar un siglo entero buscando sus huellas de acacia. Claro que podría ser el verdadero, el portador de la vida flamígera que conocí en sus ojos, pero algo no encajaba en mi rompecabezas (nada como estar casada, te salen todas las novias, me advirtió la vidente argentina). Seguí avanzando entre la jauría que se agolpaba en el bar con una sed de zahorí loca en busca de un vaso de agua, y, entonces, una actriz que corría hacia su camerino me gritó que no, que cuidado con las imitaciones, que llevaban dos semanas buscando al actor principal y que no me fiara de los clones que allí había. Ya. Comprendí que todos querían confundirme. Mascota o lírico reclamo, eso daba igual. Y como yo aún creía en las palabras de apariencia lunar, decidí entregarle una carta al portero del teatro, quizá él descubriera algo de su paradero. Lavirotte… al azar.
- Soy Mme Montessuy. Si alguien pregunta por mí, désela, por favor. Mi número de móvil está dentro del sobre, en la tarjeta.
Jules no llamó, quizá no era consciente de su verdadero nombre, pero yo tenía que encontrarle como fuera. Incluso pensé en atraerle hacia mí con la voz de la salamandra dorada del Pont Alexandre III -la Clé d'or est l'application quotidienne dans la flamme du cœur-, sin embargo, no lo hice. Había que respetar las coordenadas de lo inverosímil, permitir que se dieran las circunstancias, el sentido y la altura del tiempo, un viento favorable. Entretanto, nadie sabe cómo llovió sobre mi corazón. Por el Sena pasaron las barcas de Isis y los meses en vano, mientras yo seguía tocando de puerta en puerta, por bellas casas y palacios, para encontrar su huella curva, la horma de mi zapato… La carta era el filtro, el zapatito de cristal hecho a medida para mi Valle del Nilo:
Desde el hielo infinito, beso el fuego más intenso, me quemo, amor. El mundo despertará cuando deje de mirar por el oscuro de esa calavera que le engaña. Tú me enseñaste cuál es el horizonte. Dame la mano, siente el calor de la sangre. Tejidos, huesos, vísceras, de eso se compone el milagro, me dijiste. Aún tiemblo. Yo no sé a qué estás esperando… Yo no sé cuánto tiempo más te estaré esperando… Yo no sé si resistiré quererte tanto. Ven a buscarme al Odéon.
Y.
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