Esta vez no hay foto ni pintura, la mejor ilustracion es la que habra dentro de tu alma/mente.
El frío, la
humedad y el mal humor pintaban aquella escena. La micro no se dignaba a
aparecer. Quizás su chofer habría decidido llevar la máquina a las carreras
clandestinas, esos pequeños bares donde apenas entran los Fiat 600. La gente
que se acumulaba en ese pequeño corral donde nos tenían amontonados. El lugar
estaba a punto de estallar. Toda la vida le hice al quite a situaciones como
ésa. El bando del otro paradero se vanagloriaba de sus trofeos invisibles de
quince minutos de espera, mientras nosotros solamente podíamos decir que vimos
una maquina saliendo cuando veníamos llegando al paradero, algunos no vieron
ninguna. Los ancianos decían que ya habían pasado dos, pero no le creímos. Sólo
era un mito.
Pero había
algo que me preocupaba, y era la integridad física de los guardias del redil
humano. Eran cuatro los que nos
“cuidaban”; uno con cara de nerd y cuerpo de… no tenia cuerpo, su cuello
se alargaba hasta donde debería estar la cintura y se conectaba con sus
piernas; había otro, un señor de edad que perdía su tiempo esperando que alguna
de las mujeres, de las que estaba mirando hace bastante rato, le diera la
pasada; también había una pequeña mujer, que, por el sistema oficial de medidas
ISO debió ser de un metro y medio y lo mismo de circunferencia; el último, que
era el que más peligraba, tenía cara de facho, mirando con mal humor a
los estudiantes que lo observábamos con odio por obligarnos a pagar. Más bien,
temí por sus vidas.
Los hermanos estelares resumieron siglos de espera en media hora para no desesperarnos. A lo lejos se dignó a aparecer una micro. ¿Será la que estoy esperando? Me dije. Siguió su camino. Se acercó un poco más. Ésa es. En ese momento, mi compañero, me recordó que éramos estudiantes y que ese era el mejor momento para demostrarlo. Nos escabullimos entre la gente hasta llegar al principio de la fila. La maquina se acercaba, se acercaba, yo en la punta del corral, al comienzo de la “fila”. Maldición. La micro sólo se estacionó por la parte trasera de aquel paradero. Todos se rieron de los que estábamos adelante, de mi. Corríamos para alcanzar lo que sería nuestra cama temporal donde no lograríamos concebir sueño por el sonido motor agripado. Corríamos, y corríamos. Ancianas, embarazadas, señoras, no fueron obstáculo para lograr el cometido. Tan apresurados íbamos que confieso haberle partido el bastón de una patada a algún anciano. Corríamos, y nos escabullíamos. Pasábamos a llevar a adultos de toda edad para lograr llegar a la micro. Sólo quedan dos centímetros para subir. Puertas cerradas. ¿Qué? la puerta se cerro y yo y mi compañero quedamos en el paradero junto con las victimas de nuestra carrera. No quería mirar hacia atrás. Solo escuche gruñidos, garabatos sonoros, y frases irrepetibles.
Pasaron quince minutos y subimos, por fin, a nuestro transporte. Creo que habernos echado del paradero anterior fue lo mejor que aquellos futuros pasajeros hicieron, aunque nos dejaron adoloridos por las patadas y puñetazos que nos regalaron. Bueno, en esa micro quizás tendríamos que caminar unas cuadras más para llegar a nuestras casas, pero en fin. Ya íbamos a la altura del paradero desde el que fuimos expulsados. Mi compañero me miro con cara infantil y comenzamos a hacerle gestos a la gente que aún esperaba micro, sacándoles en cara que estaríamos en nuestros acogedores hogares antes que ellos, la gente que fue victima de nuestra carrera, la gente que nos expulsó a golpes del paradero. Groserías iban y venían, aunque debo recalcar que mi posición en contra del mal vocabulario nunca ha sido transgredida, pero tengo que reconocer que herí los sentimientos de mas que algún transeúnte al mostrarles lo estúpidos que eran.
Cuando nos apresuramos a sentarnos y disfrutar del cómodo viaje la micro nos sorprendió. “Bájense todos a esperar la otra”. Nos vimos obligados a bajar de la defectuosa maquina. Caminamos mientras disimulábamos lo nervioso que estábamos por tener que entrar al paradero de donde fuimos expulsados, y donde ahora, seguro nos matarían por lo que dijimos desde la, ya desaparecida, maquina.
Unos golpes mas unos golpes menos, caminar no le hace mal a nadie. Tendré que buscar un paradero mas amistoso.


Buena historia, tuve el privilegio de leerla primero. Hay que seguir corriengiendo y puliendo todos los detalles.
Un abrazo
DVF
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Si me voy a vivir con alguien, será conmigo.
Muy bueno el blog, sin duda, se merece un 10 ;)